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MINLUZNACIONES
Boletín Internacional
UN HOMBRE EN OBEDIENCIA

 

UN HOMBRE EN OBEDIENCIA


“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia;
y salió sin saber a dónde iba.”
(Hebreos 11:8)


Como nueva Creación en CRISTO JESÚS (YESHÚA HAMASHIAJ) hemos sido llamados a ser algo que “nunca” hemos sido, a recibir una heredad que “nunca” hemos tenido. Como Abraham, somos direccionados por Dios a obedecerle por la fe: a juntar a nuestras familias y aventurarnos a esta tierra extraña de la promesa espiritual—buscando esa ciudad que tiene fundamentos y cuyo constructor y creador es Dios. No estamos solos. Dios está con nosotros (EMANUEL), liberando Su poder sobre aquello que Él llama a surgir dentro de nosotros. Y hay otros, multitudes de hombres que tienen hambre de tener el poder del papá liberado en ellos. Nuestros caminos individuales convergen hacia un sendero único llamado obediencia.

Jesús, al predicar a las multitudes, explicó la importancia de la obediencia, diciendo,


“No todo el que me dice: Señor, Señor,
entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre,
y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí,
hacedores de maldad.”
(Mateo 7:21-23).


Lo ilustró así:


“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace,
le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos,
y golpearon contra aquella casa;
y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace,
le compararé a un hombre insensato,
que edificó su casa sobre la arena”
(Mateo 7:24-27).


Este mensaje es simple. Si construimos algo para Dios conforme a su diseño (anteproyecto)—incluida la familia— soportará las tormentas de la vida que están destinadas a golpear contra ella; de otro modo, caerá. El papá edifica su casa sobre la roca de la obediencia a Dios. Dios quiere un pueblo obediente. Dios escogió a Israel para ser Su familia y quiso que fueran un pueblo obediente. Habló a Moisés y dijo:


“He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios,
que yo os prescribo hoy, y la maldición,
si no oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios,
y os apartareis del camino que yo os ordeno hoy,
para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido”
(Deuteronomio 11:26-28).


Yeshúa dejó claro que la familia de Dios es un pueblo obediente. Alguien vino a Él un día y Le dijo que Su madre y Sus hermanos querían hablar con ÉL.


Yeshúa le respondió: “¿Quién es mi madre,
y quiénes son mis hermanos?
Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
He aquí mi madre y mis hermanos.
Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre
que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.”
(Mateo 12:46-50).



Dios quiere papás obedientes

Los hombres de obediencia están bajo la autoridad de Dios que los ha hecho las cabezas de sus casas. Siempre que permanezcan bajo la autoridad de Dios, Dios extiende su cobertura sobre esa familia. Aunque los hijos puedan estar viviendo en rebelión y sean responsables personalmente delante de Dios por sus actos, no pueden influenciar el poder de la bendición de la familia siempre que el papá haya permanecido en obediencia a Dios. Padre! por favor vuelve al Todopoderoso y permanece en ÉL!

La vida nacional de Israel ilustra este principio. Dios consideró a Israel y a Judá como naciones justas siempre que sus reyes actuaban justamente. Los reyes idólatras provocaron pobreza y el desagrado de Dios sobre su nación no importa lo justa que fuera la gente. Y a la inversa, los reyes justos que honraron a Dios y regresaron a la prescrita adoración del Señor, trajeron prosperidad y el favor de Dios sobre su nación, no importa lo maligno que pudiera ser el pueblo. El bienestar de los pueblos a lo largo de la historia tiene más que ver con la obediencia de sus cabezas de estado que con los ciudadanos del estado. Como vayan las cabezas políticas de las naciones, así mismo irán esas naciones. Del mismo modo, Dios honra a la familia cuyo papá honra y obedece a Dios, que lleva a su familia como Dios quiso.

Obediencia por amor

Obedecemos a Dios porque Le amamos. Yeshúa dijo, “Si Me amáis, guardad Mis mandamientos.” (Juan 14:15). Cuánto más lleguemos a conocer a Dios en el Mesías, más llegaremos a amarle. Tenemos que conocer a Dios por nosotros mismos. Saber que Dios tiene más que ver con estar en una relación personal con Él; amarle con todo el corazón, alma, mente y fuerzas. Amarle lo suficiente como para presentar hasta nuestros cuerpos a Él como sacrificio vivo (Romanos 12:1). Cuánto más lleguemos a conocerle, más podremos confiar en Él y obedecerle. El viejo himno sigue siendo cierto: “Confía y obedece, porque no hay otra forma de ser feliz en Jesús que confiar y obedecer.” El amor, la confianza y la obediencia funcionan juntos.


La obediencia es un sacrificio

Dios casi siempre requiere algo de nosotros que va en contra de nuestro viejo hombre de naturaleza de pecado, de carne. La obediencia al Espíritu de Dios clava nuestra carne a la cruz. Gálatas 5:17 dice: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.”

La obediencia hace guerra contra nuestro sentido de importancia personal, nuestra ambición de poder, posición y posesiones. Yo digo “Yo”. La obediencia dice “Él”. Yo digo “Yo quiero”. La obediencia dice todo el tiempo, “Entrégate”.

La obediencia es el acto de rendirnos al señorío de Yeshúa HaMashiaj (Jesucristo). Tenemos que estar dispuestos a sufrir pérdida si es que vamos a aprender la obediencia a Dios. Incluso Yeshúa tuvo que aprender la obediencia de la forma dura. “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia.” (Hebreos 5:8).

Cualquier cosa que nos impida ir por medio de la cruz hasta la vida de resurrección, es enemiga de la cruz. Yeshúa es nuestro ejemplo de obediencia hasta la muerte. Él también nos provee con el poder de la gracia para estar dispuestos y ser capaces de hacer tales sacrificios del yo. Él dijo, “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:29-30). Lo que parece imposible para nosotros, se hace posible cuando saltamos en fe y obediencia.

Obedecemos la Palabra

La obediencia al Padre Celestial tiene que ver con vivir por la Palabra de YAHWEH. Tiene que ver con tomar a Dios por Su palabra—creyendo que Dios dijo lo que quiso decir y que quiso decir lo que dijo.

Hay muchos principios en la palabra de Dios que tenemos que obedecer simplemente porque Él lo dijo así. Éstos son unos pocos puntos definidos de obediencia en la palabra de Dios.

Cuando tratamos de la familia de forma específica, las esposas han de someterse a sus maridos como al Señor. Los maridos han de amar a sus esposas como Cristo amó también a Su Ekklesía (Asamblea de los llamado fuera) y Se entregó a Sí mismo por ella (Efesios 5:22-25). Los maridos han de vivir con sus esposas conforme al conocimiento y entendimiento, honrándolas (1ª Pedro 3:7). Los niños han de obedecer a sus padres en el Señor; han de honrar a sus padres y madres; y los padres no han de provocar a sus hijos a ira, sino criarlos en la disciplina y amonestación del Señor (Efesios 6:14). El papá busca obedecer la palabra de Dios en todas las cosas.


Obedecemos al Espíritu

Romanos 8:14 nos dice que los hijos de Dios son los que son guiados por el Espíritu de Dios. La palabra de Dios nos da principios generales para tener dirección. Pero a veces necesitamos una palabra más específica de Dios. Para esta palabra, oramos. Escuchamos la silenciosa voz en nuestros espíritus. Esperamos a tener el testimonio y el acuerdo en la palabra y en los demás. Probamos los motivos de nuestros corazones.
Sondeamos nuestras conciencias. Y después, actuamos en fe. Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. (Santiago 1:5).

Nos levantamos por la mañana, entregamos nuestras vidas a Su voluntad, Le pedimos que se encargue de nuestro día, y confiamos en que lo haga así. Tenemos un deseo profundo de obedecer a Dios en cada aspecto de nuestras vidas. Confiamos que “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, Y él aprueba su camino.” (Salmos 37:24). Descansamos en la confianza de que Dios no nos dejará equivocarnos incluso si nos equivocamos, porque “sabemos que todas las cosas ayudan a bien a los que aman al Señor, a los que son llamados conforme a Su propósito.” (Romanos 8:28).

Dios es un Dios exigente

Ahora asumimos saber algo de Dios, de Su Palabra, de Su voluntad y de lo que nos va a exigir la obediencia a Él. Es tiempo de obedecer. En el acto de la obediencia, encontramos que Él es un Dios exigente. Jesús contó una parábola sobre tres individuos que recibieron una cierta cantidad diferente de dinero cada uno de ellos de parte de un noble. El que recibió menos devolvió al noble sin aumento y dijo, “te tenía miedo, porque eres un hombre exigente, que recoges lo que no depositaste y siegas lo que no sembraste." (Lucas 19:21). El noble en esta parábola describe a un Dios que demanda lo que se le debe. Dios quiere que Le obedezcamos explícitamente. La obediencia es hacer lo que Él dice, hacerlo cuándo Él lo dice, hacerlo cómo Él lo dice y hacerlo todo el tiempo que Él requiera que se haga. Es para nuestro bien que hacemos esto.

La obediencia es justicia

Abraham creyó a Dios y Dios depositó justicia en su cuenta bancaria espiritual. La justicia es estar a bien con Dios. Estamos a bien con Dios cuando estamos andando en fe. Abraham fue hecho justo porque creyó en lo que Dios estaba haciendo y actuó sobre lo que Dios había dicho. Santiago 2.17 dice, “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.” La obediencia es el acto (u obras) de la fe. Sin la obediencia la fe está muerta. La obediencia es justicia en movimiento. Descubrimos lo que Dios quiere, entonces Le amamos y confiamos en Él lo suficiente como para salir en fe para hacer exactamente lo que Él pide.

La obediencia libera el poder La obediencia a Dios libera el poder de Dios. Él llena de poder y bendice Sus planes, no los nuestros. Sus obras se cumplen por Su fuerza. Nuestras obras tendrán que cumplirse con nuestras propias fuerzas. Sus obras perduran por toda la eternidad. Nuestras obras perecerán con nosotros. Sus obras son vivas. Nuestras obras son muertas.

Pablo escribe:


“la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la
obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá
recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así
como por fuego.” (1ª Corintios 3:13-15).

Cualquier obra que no esté edificada sobre el fundamento de Jesucristo, será quemada como madera, paja y hojarasca (v. 11-12).


La obediencia libera (activa) las bendiciones

Las bendiciones de Dios también están asociadas con la obediencia a Dios. Deuteronomio 28:1-14 describe todas las bendiciones que vendrían sobre los israelitas (es decir nosotros) y los cubrirían si escuchaban la voz del Señor su Dios:
Habían de ser bendecidos en la ciudad, en el campo, en el fruto del cuerpo, el fruto de su tierra, el fruto de sus rebaños. Disfrutarían de aumento de sus ganados, de sus ovejas, de su cesta y de su despensa. Serían bendecidos por donde quiera que fueran. El Señor haría que los enemigos que se levantaran contra ellos serían golpeados delante del rostro de ellos: vendrían en contra de ellos por un camino y huirían por siete.

El Señor ordenaría la bendición de sus despensas y de todo aquello en lo que pusieran sus manos. Los bendeciría en la tierra que el Señor les daba. El Señor los establecería como un pueblo santo para Él mismo, tal y como lo se lo había jurado. Todo el pueblo de la tierra vería que eran llamados por el nombre del Señor y les temerían. El Señor los haría abundar y les abriría a ellos SU buen tesoro—el cielo para dar la lluvia en su tierra y a su tiempo, y para bendecir la obra de sus manos. Prestarían a las naciones y no tomarían prestado.

El Señor había de hacerlos cabeza y no cola. Y tenían que estar por encima, no por debajo, si escuchaban los mandamientos del Señor su Dios, que Él mismo les había ordenado obedecer y cumplir.
Los cincuenta y cuatro versículos que siguen a estas bendiciones describen las cosas que vendrían sobre ellos bajo la maldición de la desobediencia. Habría un cambio de 180º en la bendición.
La obediencia a Dios mantiene unida a la familia y libera la bendición del Padre sobre la familia. La desobediencia resulta en la desintegración de la familia, marcando la maldición. Israel se rebeló contra Dios y consecuentemente fue cortado de Él. La maldición de la desobediencia consumió la bendición de la obediencia. Cuando la familia se rompe y perdemos de vista los propósitos eternos de Dios, perdemos Su poder y caemos presa de la maldición.

El papá (como hombre de DIOS) es un hombre de obediencia. Permanece en la brecha a favor de su familia para que su familia sea el recipiente del amor de Dios, de su misericordia, gracia, poder y bendición.

CRISTO LUCHA POR SU ESPOSA Y A SU FAVOR: SÉ SU ESPOSA!!

Que el Padre Celestial te siga bendiciendo,


minluznaciones.
Bajo la Cobertura de JESUCRISTO.

Bibliografía:
- BIBLIA Reina Valera 1960.
Por: Charles Elliott Newbold, Jr. En Busca de Papá. Ch12

HIJO DE DIOS: Este es el tiempo en que el ESPÍRITU de DIOS está Preparando a la Esposa de JESUCRISTO.
Esto es un llamado para que cada uno revisemos de acuerdo con la Palabra de DIOS si estamos o no cumpliendo el Propósito del Padre.

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